Carraspeo de ancianos abandonados,
con la voz oxidada y dura,
como el fierro que yace en la calle estirado,
huesos que se quejan
apostados en una silla dolorosa,
jardín de invierno con las cabelleras nevadas,
aislados, trémulos, nerviosos,
seniles, ricos en recuerdos de antaño,
queriendo resarcir sus vidas,
pero el tren del tiempo ya se aleja,
se pierde entre nubes de polvo campesino
dejando un torbellino de humo en el viento,
que va huyendo como un suspiro
que trata de detener el tiempo,
retomando causas inconclusas.
Ancianos de vista cansada,
de sentimientos sólidos como arcillas,
sentados en bancas soleadas.
Rememoran viejos recuerdos
que aletean en sus mentes,
como aves desorientadas
en revuelo silencioso.
Esencia de duelo cercano
en que la vida se va apagando de a poco
escapa por sus ojos un éxtasis reverente
ante un Dios que se aproxima
de un final tan elocuente.
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